La vida sin Roadmap

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En un vuelo hacia Tokio, tres mujeres sentadas detrás de mí desplegaban sobre sus bandejas un arsenal de guías, mapas y horarios impresos. Durante horas planificaban su viaje con precisión: «Desayuno a las 08:00, salida a las 08:30, tren de las 08:37, llegada a Asakusa a las 09:20, paseo hasta las 10:30, metro de las 10:34…» Era fascinante. Y también un poco aterrador. Sobreviví gracias al noise cancelling de mis auriculares.

Yo viajo de la forma opuesta. Compro el vuelo, reservo un lugar donde dormir, y el resto es territorio sin cartografiar. Llevo guías pero las leo como quien consulta un menú: con curiosidad pero sin compromiso. He regresado de ciudades sin haber visitado alguno de sus monumentos más célebres. Y no me arrepiento.

Observando a aquellas mujeres construir su itinerario pensaba: ¿qué sucede cuando pierden un tren? ¿Qué pasa si llegan a un templo que les quita el aliento y quieren quedarse una hora más? En Japón, con su infraestructura impecable, quizás el plan sobreviva intacto. Pero cambia Tokio por Bangkok o por Hanoi, y ese cronograma se convierte en una ficción optimista.

Esta tensión entre planificación exhaustiva e improvisación —entre seguir el mapa o confiar en la brújula— aparece constantemente cuando construimos productos digitales. Y las consecuencias de elegir mal son mucho más graves que perderse un templo.

Los roadmaps tipo Waterfall son la versión corporativa de aquellas señoras en el avión. Todo está planificado desde el principio: primero recopilas todos los requisitos, luego diseñas la solución completa, después desarrollas cada pieza en secuencia, finalmente pruebas y lanzas. Es un flujo descendente, como una cascada, donde el agua nunca puede subir de vuelta.

Este modelo tiene sentido en ciertos contextos. Si estás construyendo un puente o programando el software de un marcapasos, necesitas esa rigidez. La física del hormigón y la regulación médica exigen certeza.

Pero aplicar Waterfall a un producto digital joven es como planificar hasta el último minuto de un viaje a un país que nunca has visitado. Estás asumiendo que conoces el territorio antes de pisarlo. Que sabes exactamente qué necesitan tus usuarios antes de verlos usar lo que construiste. Que el mercado se quedará quieto mientras tu equipo avanza linealmente durante meses.

La realidad es más cruda: no sabes lo que no sabes. Y en productos digitales, lo que no sabes suele ser muy importante.

En uno de esos paseos sin destino que caracterizan mis viajes, entré en una cafetería en Singapur para escapar del calor. El lugar se llamaba Rough Guys Co., y en su baño encontré algo que me detuvo. En el cristal del espejo, con trazo grueso y pintura que goteaba, había escrita una frase: «La dirección es más importante que la velocidad.»

Rough Guys Co., Singapur, 2024.

En startups, en empresas buscando su product-market fit, en equipos que todavía están descubriendo qué problema resuelven realmente, la velocidad sin dirección es solo movimiento caótico. Puedes lanzar features cada semana, iterar compulsivamente, generar actividad constante… y seguir perdido. O peor: avanzar con confianza hacia el lugar equivocado.

La dirección no viene de un plan maestro elaborado en enero para todo el año. Viene de señales: patrones en cómo la gente usa (o no usa) lo que construyes, conversaciones con usuarios que revelan frustraciones que nunca imaginaste, movimientos en la competencia… Estas señales casi siempre convergen en una premisa simple: hacer el mejor producto posible para las personas que lo necesitan.

Esa es la brújula. No un cronograma. No un roadmap con fechas fijas. Una dirección clara que puede ajustarse cuando el terreno cambia.

Pero no existe una respuesta universal. Planificación versus flexibilidad no es una guerra con un ganador absoluto. Es una pregunta que cambia de respuesta según dónde estés parado.

Si tienes un producto maduro con millones de usuarios, necesitas cierta estructura. No puedes improvisar completamente cuando cada decisión afecta a ecosistemas complejos. Si estás en una empresa B2B pequeña y un cliente que representa el 40% de tu revenue solicita algo específico, tu roadmap teórico se convierte instantáneamente en papel mojado. Si diriges una startup en búsqueda de product-market-fit y te aferras a un plan de seis meses porque «ya lo decidimos en el kickoff», estás eligiendo la rigidez sobre el aprendizaje.

Es necesario saber qué necesitas en cada momento. ¿Estructura para coordinar complejidad? ¿Flexibilidad para descubrir qué funciona? ¿Velocidad para no morir? ¿Dirección para no desperdiciar esa velocidad?

No creo en ser rápido por ser rápido. La cultura del «speed wins» suena emocionante, pero también puede significar equipos quemados, código frágil y usuarios confundidos por pivots contradictorios.

Creo en ritmo. Un pulso sostenible donde el equipo puede aprender, construir, aprender otra vez. Donde la dirección se ajusta basándose en decisiones con información en las manos. Donde avanzar no significa necesariamente agregar, sino a veces simplificar, eliminar, perfeccionar.

Y hay algo más: la distancia entre tener una hipótesis y probarla con usuarios reales se ha comprimido hasta casi desaparecer. Herramientas como Claude Code o el vibe coding están difuminando las fronteras entre roles que antes exigían especialización absoluta. Un equipo pequeño y multidisciplinar puede ahora recorrer el ciclo completo —diseñar, prototipar, implementar, probar— en días, no en meses. Los sprints se comprimen. Lo que determina cuánto tardas ya no es cuánto tiempo calculaste que necesitarías, sino cuánto tiempo decides dedicarle antes de validar si vas en la dirección correcta.

Esto no hace que Waterfall sea obsoleto en todos los contextos. Pero sí desintegra uno de sus pilares fundamentales: la idea de que cambiar de dirección es tan costoso que más vale planificarlo todo desde el principio. Cuando pivotar cuesta una semana en lugar de tres meses, la planificación exhaustiva deja de ser prudencia y se convierte en rigidez innecesaria.

Viajar sin plan rígido no significa vagar sin propósito. Significa mantener la intención clara —»quiero entender esta ciudad»— mientras permaneces abierto a que la ciudad te enseñe cómo hacerlo. En producto funciona igual. Sabes hacia dónde vas —crear valor para usuarios específicos— pero cómo llegas ahí emerge del contacto con la realidad, no de un documento escrito meses antes por alguien que nunca habló con un cliente real.

Estoy seguro de que las tres mujeres del avión probablemente tuvieron un viaje maravilloso. Su plan funcionó porque eligieron el contexto correcto: un país donde la infraestructura no falla, donde los horarios son sagrados. Su enfoque era coherente con el terreno.

Mi improvisación funciona porque leo el terreno mientras lo recorro. Dejo que la ciudad me enseñe sus ritmos, que las calles me indiquen por dónde seguir, que una conversación casual con un vendedor me descubra un barrio que ninguna guía menciona. No es vagar sin rumbo: es seguir las señales que solo aparecen cuando estás presente, atento, disponible para lo que el lugar tiene que decir.

En producto, la pregunta no es qué filosofía es mejor. Es cuál sirve al momento que estás viviendo. Y tener la honestidad de reconocer cuándo necesitas cambiar de una a otra.

Porque lo único peor que un plan rígido en territorio incierto es la improvisación caótica en una situación que requiere coordinación. Y lo único peor que ambas es no saber cuál estás usando ni por qué.

La brújula te dice hacia dónde. El reloj te dice cuándo. Saber cuál mirar en cada momento: ahí está el verdadero viaje.

Escrito con ayuda de un asistente IA para documentación y entrenado con mis textos previos.


Escrito por Azur

Publicado el