Contenido del post
La cinta de Möbius
Llevo un tiempo notando un bucle extraño. Veo circular un artículo largo que parece interesante, lo abro, calculo el tiempo de lectura, y antes del segundo párrafo le pido a la IA que me lo resuma. Leo el resumen. Días después, comento con alguien lo bueno que era el artículo.
Asumo que no soy el único. Las cosas que sentimos como íntimas, esas pequeñas cosas que hacemos casi en secreto porque suenan un poco vergonzosas, suelen ser bastante universales. Y creo que lo que está pasando es que yo produzco con ayuda de la IA un volumen que un humano sin IA no leería completo. Y que otros producen, con la misma ayuda, otro volumen que tampoco yo leeré completo. Las únicas que han leído los textos enteros, palabra por palabra, son las máquinas. Y no me refiero solo a artículos. Me refiero a casi todo lo que ahora circula.
Decimos que la IA nos hace más productivos, y es verdad en un sentido de la palabra. Producimos más, más rápido, más barato. Pero hay otra parte del cálculo que casi nunca se nombra: producir más obliga al resto del mundo a procesar más. Y procesar más, como cualquier otra cosa, tiene un coste.
Hay un caso de este bucle más material que el de la lectura asistida. Pongamos el ejemplo de buscar trabajo. Yo, candidato, puedo generar con ayuda de la IA un CV optimizado para cada puesto al que me presento, adaptando lenguaje, palabras clave, énfasis. Del otro lado, el recruiter recibe cientos de CVs imposibles de leer uno por uno y los procesa con otra IA que los criba según criterios que tampoco él termina de controlar. Yo sé que del otro lado hay una máquina. El recruiter sabe que yo lo sé. Y aun así seguimos los dos jugando, fabricando documentos pulidos que ninguno va a leer entero, para una decisión real sobre un puesto real al que aspira gente real.
Lo raro no es la multiplicación de contenido ni la pérdida de atención. Es que el bucle se sostiene incluso cuando todos saben que existe. Nadie está obligado a entrar, pero nadie puede permitirse no entrar. Si yo dejo de generar CVs optimizados, mis posibilidades caen. Si el recruiter deja de procesar con IA, no llega a tiempo. El sistema entero funciona como una cinta de Möbius donde producir y recibir se han vuelto el mismo movimiento.
Hay un detalle que casi no se nombra en estas conversaciones. Este filtrado automatizado de candidatos podría clasificarse como sistema de alto riesgo por el Reglamento Europeo de Inteligencia Artificial, con obligaciones de supervisión humana, transparencia y trazabilidad que, en principio, entran en vigor en agosto de 2026. A lo mejor tenemos que aprender a operar en otro marco. Pero, de momento, seguimos todos dentro del bucle.
Más para todos, menos para cada uno
Hagamos cuentas. Si yo escribo el doble de artículos al año gracias a la IA, mis lectores tienen que repartir el mismo tiempo entre el doble de textos. Lo mismo ocurre con cada blog, newsletter, hilo, pódcast, vídeo. La oferta agregada se multiplica. La atención disponible no.
Algunas estimaciones sitúan en torno al noventa por ciento la proporción de contenido en línea de origen sintético. Existen granjas que producen casi cien mil artículos al día cada una. Internet, que nunca fue pequeño, se está convirtiendo en algo que ni siquiera pretende ser leído. Es contenido producido para alimentar algoritmos, no personas.
Hay una palabra para esto que ha hecho carrera muy rápido: slop. Basura. Comida procesada para máquinas. Merriam-Webster la nombró palabra del año en 2025. No es un término técnico. Es un veredicto colectivo.
El Sr. Creosote
Hay un sketch de Monty Python en El sentido de la vida que creo que viene muy a cuento. El Sr. Creosote entra en un restaurante elegante, se sienta, y pide la carta entera. Come copiosamente. Vomita copiosamente. Pide más. Vuelve a comer. Vuelve a vomitar. El camarero, impasible, le sirve plato tras plato. Al final, le ofrece un último bocado. Solo uno. El Sr. Creosote duda, lo acepta, se lo mete en la boca. Y explota.
Lo perturbador de la escena es que nadie obliga al Sr. Creosote a seguir comiendo. Nadie lo amenaza. Nadie lo presiona. Come porque puede. Vomita porque tiene que seguir comiendo. El último bocado no es la causa del estallido. Es solo lo que viene después de todos los anteriores.
Algo de eso se parece a cómo estamos viviendo el momento actual. Producimos porque podemos. Consumimos porque tenemos que seguir produciendo, comparándonos, manteniéndonos al día. La sensación de quedarse atrás, lo que ahora llamamos FOMO, se intensifica cada vez que se abre un nuevo territorio en el que en principio podríamos estar: el corto generado, la canción producida, la app que cualquiera puede montar en una tarde, la novela autopublicada, la presentación con avatar parlante. Cada territorio nuevo es un bocado más.
Byung-Chul Han lo llama exceso de positividad. Una sociedad donde no hay nada que nos prohíba hacer, solo cosas que aún no hemos hecho. Lo que agota hoy no es la falta de opciones. Es el exceso.
La selección como oficio
Si todo esto es cierto, el problema importante no es producir. Producir está resuelto, o lo estará. El problema importante es elegir. Qué leer, qué escuchar, a quién prestar atención, qué ignorar. Y elegir bien, en un entorno saturado, es una habilidad mucho menos democratizada de lo que parece.
Aquí aparece, con fuerza renovada, una figura que ya conocíamos: el curator. El que selecciona, el que filtra, el que dice «esto sí merece tu tiempo, esto no». Lleva existiendo siempre. En un mundo escaso de producción era un lujo. En un mundo saturado, es una necesidad.
Hay un eco aquí con algo que muchos vivimos hace quince años. Cuando Tumblr era Tumblr, lo que hacía que una página valiera la pena no era el contenido que generaba su propietario, sino lo que reblogueaba. Cada Tumblr era una colección personal, una sensibilidad encarnada en una secuencia. Seguías a alguien no porque te interesara su voz, sino porque su selección te educaba el ojo. Era un trabajo silencioso, sin métricas, sin posicionamiento, sin nada parecido a una estrategia de contenidos. Pero era trabajo. Y el resultado, cuando estaba bien hecho, era un objeto cultural extraño y muy valioso: una página que te enseñaba a mirar un territorio concreto.
Quizá tengamos que volver a algo parecido. No al Tumblr literal, sino a la idea que lo sostenía. Que la selección es una forma de autoría. Que un buen filtro vale más, en condiciones de exceso, que un buen contenido.
El bucle, otra vez
Pienso a veces en cómo va a quedar todo esto dentro de unos años.
No tengo respuesta. Pero sí una sospecha. Que el problema nunca fue producir poco. Que producir mucho tampoco es la solución. Que la pregunta interesante, la que tenemos que aprender a hacernos cada uno, es esta: ¿qué merece existir? ¿qué merece ser leído? ¿qué merece tu tiempo, que es el único recurso que nadie ha conseguido todavía multiplicar?
Mientras no tengamos respuesta para eso, vamos a seguir comiendo.
–
Sígueme en LinkedIn para estar al tanto de nuevas publicaciones.
–