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Hace unos meses apliqué a un puesto de product manager. La empresa me pidió una prueba técnica: analizar un problema, proponer una solución, documentarlo con criterio. Lo hice como cualquier profesional razonable en 2026 lo haría, con ayuda de un agente de IA. Mientras revisaba el resultado, me vino un pensamiento incómodo: si el resto de candidatos también usaban IA, y la IA es fundamentalmente estadística, un promedio sofisticado de todo lo que ha visto, lo lógico sería que todos convergíamos hacia un punto similar. Outputs parecidos. Estructuras parecidas. Conclusiones parecidas.
¿Dónde estaba entonces la diferencia?
Parte de la respuesta llegó antes de escribir una sola línea. Antes de pedirle nada al agente, me había hecho preguntas a mí mismo: preguntas sobre lo que la empresa realmente estaba planteando, sobre lo que no estaba dicho, sobre las asunciones que habría que cuestionar. Esas preguntas iniciales eran diferenciadoras, porque eran mías: venían de los libros que me he leído, de los proyectos en los que he fallado, de aquellos en los que he tenido éxito, de las formaciones que me han marcado. Eso no se replica estadísticamente. Eso es poso. Y el poso es difícil de copiar.
Debo ser honesto: no conseguí el trabajo. Parte de la distancia estaba en algo más básico, el desconocimiento de cómo se hacían las cosas allí dentro. El formato esperado de una investigación, por ejemplo: si querían un Excel o un párrafo narrativo. La cultura empresarial como contexto invisible que ningún agente puede inferir si tú mismo no lo conoces. Lo que me pregunto es si eso también tiene solución: si el onboarding del futuro debería ser doble, el tuyo y el de tu agente, y si entregarle a alguien que llega un documento con el contexto, el lenguaje y los criterios de la empresa para alimentar a su agente no sería simplemente una buena práctica sino algo casi necesario.
Pienso en un artesano de hace tres mil años. Un cuchillero, por ejemplo. Aprendía el oficio de su padre o de un maestro, lo practicaba durante décadas, y en ese dominio encontraba su identidad y su sustento. No hacía cuencos. No curtía pieles. Hacía cuchillos, y los hacía mejor que nadie en su radio de dos días a pie. La especialización era el orden natural de las cosas, una consecuencia lógica de que el conocimiento se transmitiera lentamente, de persona a persona, y de que dominar algo llevara una vida entera.
Eso empezó a cambiar mucho antes de lo que solemos pensar. El Renacimiento ya empujaba hacia una figura diferente: el hombre que sabía de anatomía y de hidráulica y de perspectiva y de ingeniería militar. Da Vinci como anomalía que prefiguraba algo. Pero fue la Bauhaus, en los años veinte del siglo pasado, la que convirtió esa anomalía en programa. Walter Gropius quería borrar la distinción entre artesano y artista, entre el que construía y el que concebía. El concepto que lo articulaba era el Gesamtkunstwerk, la obra de arte total, donde arquitectura, diseño industrial, pintura, fotografía y artesanía se fundían en una sola disciplina sin jerarquías. La especialización seguía siendo valiosa, pero la síntesis entre disciplinas se volvía el verdadero horizonte.
Lo que está pasando ahora con la IA me parece una aceleración de ese mismo impulso, pero de una magnitud cualitativamente distinta. No se trata solo de que las barreras al conocimiento técnico se estén disolviendo, sino de que se están disolviendo barreras de todo tipo: conceptuales, creativas, disciplinares. Un mecánico con curiosidad y acceso a herramientas de IA puede hoy diseñar un motor completo, simular su comportamiento y fabricarlo con una impresora 3D. No a escala industrial. No de forma óptima. Pero puede. Y eso es una ruptura.
La forma de los conocimientos profesionales ha tenido varios nombres en los últimos años. El perfil I-shaped: profundidad en una sola área, casi ninguna en el resto. El T-shaped: una especialidad principal con un brazo horizontal de conocimientos adyacentes. El comb-shaped: varias especializaciones con puentes entre ellas. Lo que me pregunto es si estos modelos siguen siendo útiles como descripción o si estamos entrando en algo más fluido, no una forma fija de conocimiento sino una capacidad de adquirir formas según lo que el momento requiera.
Aquí es donde aparece la paradoja que no me abandona desde aquella prueba técnica. Si la IA democratiza el acceso al conocimiento, si cualquiera puede, con el agente adecuado, producir análisis competentes en áreas que no domina, entonces el hard-to-copy deja de estar en el conocimiento mismo. Pasa a estar en otra parte. Y esa otra parte, me parece, tiene dos polos opuestos que coexisten sin cancelarse.
El primero es el extremo de la profundidad absoluta. El ceramista que lleva treinta años con las manos en el barro. El doctorando que ha dedicado cinco años a un problema tan específico que apenas veinte personas en el mundo pueden seguir su razonamiento. Cuando todos pueden producir algo aceptable, lo extraordinario se vuelve extraordinariamente valioso. La maestría extrema no se automatiza, se hace más rara y más cotizada.
El segundo polo es más difícil de nombrar. No es exactamente creatividad, ni experiencia, ni cultura general. Es algo que tiene que ver con la calidad de las preguntas que uno es capaz de hacerse. Con la forma particular en que cada persona conecta lo que sabe con lo que observa. Con lo que Jules, el personaje de Samuel L. Jackson en Pulp Fiction, resumía con una frase que suena simple y no lo es: personality goes a long way.
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